CIUDAD VICTORIA, TAM. – Las parteras rurales representan un pilar fundamental en la historia médica de Tamaulipas. Por esta razón, la comunidad del ejido Fuerte de Portes Gil celebra hoy el cumpleaños de María Enriqueta Ruiz Lucio. Ella cumple 99 años de edad convertida en la habitante más longeva de las familias fundadoras. Además, es reconocida como una de las últimas mujeres que ejercieron este noble oficio en la zona centro del estado.

El origen de una vocación en el Hospital Civil

Doña María nació el 15 de julio de 1927, cuando el ejido apenas iniciaba su desarrollo. Posteriormente, su destino cambió por completo a los 17 años de edad. En ese momento, el personal de Salubridad buscaba jóvenes para capacitarse en la atención de nacimientos. Por consiguiente, ella decidió internarse durante un año en el Hospital Civil de Ciudad Victoria para aprender obstetricia y primeros auxilios.

«Ella estuvo más de un año en el Hospital Civil y regresó siendo la partera de toda la comunidad. Empezó a atender partos cuando apenas tenía 17 años», recuerda su hijo Juan Antonio Ruiz.

Al regresar a su pueblo, se convirtió en la única esperanza de salud para múltiples comunidades alejadas. Por lo tanto, atendió nacimientos en localidades como Santa Ana, La Peña, Otilio Montaño y La Crucita. En consecuencia, su labor disminuyó la brecha médica en zonas donde los doctores nunca podían llegar de manera oportuna.

Los desafíos de las parteras rurales en la Sierra Madre

El trabajo de las parteras rurales implicaba sortear graves peligros climáticos y geográficos. Sin embargo, la distancia nunca representó una excusa válida para detener su marcha cotidiana. Doña María caminaba varios kilómetros bajo el sol abrasador o cruzaba arroyos desbordados a mitad de la noche. Adicionalmente, ella regresaba los días posteriores al parto para curar el ombligo del recién nacido de forma gratuita.

«Caminaba mucho, cruzaba ríos crecidos y luego volvía diario para curar al niño. Nunca dejó de ir aunque lloviera o hiciera frío», cuenta su familia.

Asimismo, la enfermera comunitaria administraba el botiquín de la Hacienda Nogales y atendía los accidentes de los jornaleros. En una ocasión, salvó a un bebé utilizando tabiques calentados con carbón ante la falta de energía eléctrica. Por esa razón, su ingenio suplió las carencias tecnológicas de la época con absoluto éxito.

Un legado que construyó comunidades enteras

Los honorarios de estas mujeres casi nunca se pagaban con monedas debido a la pobreza de la región. En cambio, las familias entregaban gallinas, huevos, frutas o leña como muestra de agradecimiento. No obstante, Doña María atendía a los pacientes vulnerables aunque no tuvieran recursos para retribuirle.

«Mi mamá nunca decía que no. Si no tenían dinero les decía: ‘Como quiera vamos a atender’. Siempre tuvo una enorme empatía por la gente», recuerda su hijo.

Actualmente, María Enriqueta ya no recorre los senderos ejidales con su maletín metálico de herramientas. Sin embargo, su verdadera herencia sigue viva en cientos de adultos que nacieron de forma segura gracias a su guía.

Por servando

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